A Argentina passou por um momento histórico na última quinta-feira. Após meses de conflito com os ruralistas e numa votação apertadíssima, o Vice-Presidente da nação, que acumula o cargo de Presidente do Congresso, foi o voto decisivo contra o próprio Governo. Virou herói-celebridade instantaneamente. A votação decidiu que seriam retidos menos impostos na produção rural, mas muito mais do que isso, serviu para recuperar a auto-estima do povo, há muito tempo abalada. Virou assunto de cada café, cada programa jornalístico. O que vale o post é a matéria do jornal El Cronista do dia 21: o presidente Lula, ao saber da derrota sofrida por sua companheira Cristina Fernández (que é como a chamam por estas bandas), apressou-se em telefonar para dar sua palavra de conforto. Após o jump, a íntegra da matéria.
“Calma Cristina”, le dijo Luiz Inácio Lula Da Silva a la presidenta argentina el jueves de la derrota, con el mismo tono paternal que usa para hablarle a los brasileños.Fueron diez minutos de charla telefónica en la que el ex sindicalista, además de levantarle el ánimo a su alicaída interlocutora, le ofreció su propio manual anticrisis.
Con palabras cálidas, el brasileño, quien tomó la iniciativa de llamar a Cristina Fernández, aludió a difíciles momentos pasados de su peculiar biografía, que el éxito y la fama de estadista hacen hoy parecer lejanos.
Lula fue derrotado en tres elecciones presidenciales (1989, 1994 y 1998) antes de ganar la presidencia de Brasil en octubre del 2002 y, ya en el poder, enfrentó un monumental escándalo por corrupción en el 2005, que casi le costó la jefatura del Estado y la reelección un año después.
Hace apenas siete meses, una votación adversa en el Senado derrumbó el llamado impuesto al cheque y le quitó de un solo golpe 40.000 millones de reales (25.000 millones de dólares al cambio actual) de recaudación anual que el gobierno federal brasileño no debía compartir con los estados.
El camino hacia esa desastrosa votación para el gobierno brasileño fue pavimentado por muchos de los instrumentos utilizados por Cristina Fernández y su esposo para buscar la victoria en la malograda votación del jueves.
Amenazas, agresiones verbales a opositores y la descripción de un escenario de fin del mundo integraron la receta para la frustración de Lula, quien había pedido a los senadores prorrogar la vigencia del impuesto al cheque asegurando que “la derecha no tiene corazón” y que “si fuese para darle dinero a los ricos, ellos lo votarían”.
A la derrota, sin embargo, siguió una reacción sobria y responsable. Lula olvidó las agresiones, calmó los mercados y podó partidas presupuestarias, incluso varias destinadas a su pomposo Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), para compensar la pérdida de ingresos.
Tras esa votación, el Senado brasileño, que venía con sus vísceras expuestas por escándalos de corrupción y tráficos diversos, resucitó como una institución independiente fundada por debates en torno a principios.
No fue ese, sin embargo, el único capítulo del manual anticrisis que Lula le describió a Cristina en su llamada del jueves.
El escándalo de las mesadas (sobornos) que el oficialista Partido de los Trabajadores (PT) pagó a legisladores para que aprobaran proyectos del Gobierno, marcó a fuego al mandatario brasileño y a su agrupación política en 2005, y su clausura demandó enfrentar muchos de los desafíos que hoy se adjudican a la mandataria argentina.
Lula denunció como traidores a los que, en su propio gobierno, montaron un esquema de desvío de dinero que dijo desconocer, y se sacó de encima poderosos ministros, entre ellos su entonces jefe de Gabinete, José Dirceu, un dirigente tosco, autoritario e inmovilista (José Manuel De la Sota lo llamaría estalinista y a Dirceu le agradaría el adjetivo).
Sin Dirceu, el gobierno de Lula perdió la cara del PT, que dilapidó el capital moral que construyó en 25 años de historia, y ganó la de Lula. La nueva receta incluyó el diálogo, la astucia, la negociación y hasta la prebenda, pero jamás el reproche público. Lula, además, asumió para siempre un entendimiento que lo llevó poco después a afirmar que nunca había sido izquierdista.
Lula cree –y así lo comenta en su entorno– que la realidad no puede transformarse, para bien, sin una buena dosis de pragmatismo; y también que la ideología suele ser, muchas veces, apenas una disculpa para disimular la impotencia.

